Los gurús y las gurusinas
viven en torres de marfil y nieve
cuajada con agua mineral,
y duermen sobre helechos tiernos
para que los ácaros no contaminen su aura
ni el barro ensucie sus túnicas.
Son adorables e impolutos
como un nenúfar
reflejado en el cielo de invierno
y desde allí purísimos
te miran sin levantar una ceja aunque lluevan rocas.
Yo lo tengo. Tú no lo tienes.
Los gurús y las
gurusinas
saben más que el Cristo
de las Siete Observancias,que el Buda de las Siete Lorzas,
que Perico y sus Siete Palotes.
Decretan medicinas, terapias y tablas de la ley,
se reparten diplomas, sacramentos,
ascensiones al Olimpo
y brazos incorruptos.
Suben las montañas descalzos
y desde allí,
lúcidos,
te miran sin quejarse por las llagas de los pies.
Yo lo sé. Tú no lo sabes.
pueden encarnarse en formas tóxicas:
te sorben la energía para revendértela en cápsulas,
te dan un mapa con todos los caminos y las lágrimas impresos;
con fría y amorosa calma
esconden los pañuelos y los globos en las costuras de su ego
y desde allí
hipnóticos,
evitan las bacterias de las manos de los malditos.
Yo estoy salvado. Tú te condenas.

Si no cumples sus
profecías
sería lastimero para su gurusidad
y para ese miedo a los mortales
que amansan con carroña de precipicios.


