lunes, 4 de febrero de 2013

COMO CREAR PERSONAJES CON PERSONALIDAD PROPIA III)

FRANKENSTEIN, de Mary Shelley



Hace unos meses vimos dos magníficos ejemplos de personalidades novelescas contrapuestas (Maigret y Serlock Holmes)  pintadas con gran habilidad por Simenon y Conan Doyle a través de lo que dicen, hablan y piensan sus personajes.

Pero, ¿hay más formas de definir al personaje, de darle vida, que es en realidad lo que nos tiene sorprendidos/admirados/preocupados?

¡Por supuesto! Un personaje vivo es un ser humano dentro de un mundo propio. vive en una sociedad, en una época y se relaciona con otros personajes.

Los  personajes secundarios son muy importantes a la hora de definir al protagonista. Holmes y Maigret, por ejemplo, no serían nada sin sus antagonistas: es decir, los criminales, y sin sus colaboradores (¿Hay colaborador más famoso que el doctor Watson?).

Porque se supone que, cuando hablamos de grandes personajes nos referimos sólo a los protagonistas...¿o no?

Puede que no. De hecho, ahora vamos a hablar de FRANKENSTEIN, y puede que nos llevemos una sorpresa.

Porque, efectivamente, si alguien nos pregunta así, de pronto, ¿Quién es Frankenstein?, lo más fácil es que contestemos: “El monstruo al que dio vida el doctor...” ¡Un momento!: ¿el monstruo al que dio vida quién? En realidad, Frankenstein es el doctor que crea al monstruo. El monstruo no tiene nombre, seguramente porque su autora, Mary Shelley, muy acertadamente, no quiso dárselo.

Sin embargo, el monstruo es un personaje con tanta fuerza que se convierte en el verdadero protagonista a nuestros ojos, por eso, inconscientemente, le damos su nombre, ¡qué curioso!

Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Es que la buena de Mary no sabía escribir tan bien como habíamos supuesto? Desde luego que sabe escribir. Tanto que su personaje/antagonista cobra vida propia y le roba el papel al protagonista. A veces los personajes hacen cosas de éstas, y hay que dejarles hacer.

Pero, ¿nos podemos sentir en algún momento identificados con el monstruo, en lugar de con el doctor, si no somos monstruos, por lo menos a simple vista? Sí, podemos, porque la motivación del monstruo es más fuerte, más desesperada, y porque tiene unos sentimientos y frustraciones profundamente humanos, que inspiran nuestra compresión y solidaridad.

En realidad el doctor ha obrado mal, aunque le guiaran en principio buenas intenciones, porque no quiere hacerse responsable de la criatura que él mismo ha traído a la vida. En cambio, el monstruo es una víctima inocente: su primera motivación es el deseo de amor, y sólo el desprecio de los demás hace que cambie la búsqueda de amor por la venganza más terrible.

 
Cualquiera puede comprender a la criatura del doctor Frankenstein, lo cual nos lleva a tomar un poco de manía la propio doctor Frankenstein, que ni siquiera se ha molestado en poner nombre a su engendro, es decir, ni siquiera ha querido reconocer que tenga algo de ser humano. Es difícil no sentirse conmovido cuando el monstruo dice a su creador cosas como estas:

“Yo era bueno y cariñoso. Los sufrimientos me han convertido en un malvado. Concededme la felicidad y seré virtuoso.”

“Satán tiene, al menos, compañeros, otros seres diabólicos que le admiran y ayudan

. Pero mi soledad es absoluta y todos me desprecian.”



“Un horrible egoísmo me impulsaba a cometer aquellos crímenes, mientras mi corazón era torturado por el arrepentimiento”.

Frankenstein, el doctor, se pasó un poco de rosca, creando un ser humano con el que no sabía qué hacer. Dejemos que se las entienda con él, mientras nosotros seguimos buscando más formas de dar vida a un personaje, actividad esta mucho menos peligrosa, porque los personajes que viven en un libro no salen de él para matar a sus creadores ni a sus lectores, aunque les abandonemos. 

Humanidad, personalidad, motivación. Vamos viendo que estas características deben tenerlas todos los personajes, si quieren parecer personas, y que el autor les da vida a través de lo que hacen, dicen y piensan, y de cómo se relacionan con el resto de los personajes que viven en su mundo de papel.  

Pero el personaje también se define por su relación con las cosas, aparentemente sin importancia, que le rodean. Eso lo veremos otro día, de la mano de Madame Bovary.
 
 
 
 

jueves, 24 de enero de 2013

RECITAL EN CUCHUFFO


Tenemos nuevo recital poético y proyecciones en la sala Cuchuffo:
C/ Argumosa, 12, Lavapies.

Recitaré algunos poemas inéditos, para no aburriros.

Nos vemos.


Diafragama 3, Cuchuffo, 30 enero, 21:00 h.
Imágenes: Carmen Lafuente, Federico Romero
Micro abierto.

Confirmados:
Javier Lerena
George Clarke
Carlos Pérez
José María Martínez del Peral
Jesús Urceloy
Juán Hospital
Iñaki Carrasco
José Antonio Rodríguez Alva
Loren Fernández
Pilar García Orgaz
Mercedes Muñoz
Andrea Frye

lunes, 31 de diciembre de 2012

FELIZ AÑO: NOS QUEDA LA ALEGRIA Y LA PALABRA







 
Por muy oscuro que se nos anuncie el 2013, por mucho miedo y desesperanza que nos cause, hay dos cosas que nunca nos podrán quitar, si no lo permitimos: la alegría y la palabra.
Os dejo con dos grandes poetas, que pasaron situaciones muy difíciles en su vida y en sus países, y que aún así nos recuerdan que debemos defender la alegría, y el derecho a expresarnos, protestar y comunicarnos.
FELIZ 2013.




Blas de Otero

EN EL PRINCIPIO

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.





Mario Bennedeti

DEFENSA DE LA ALEGRIA


Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y la definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica los paros cardíacos
y de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como un certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.




martes, 11 de diciembre de 2012

CINCUENTA (Y TANTAS) SOMBRAS DE GREY



Este verano  las bolsas de playa iban reventonas, con cincuenta sombras de Grey, o alguno de sus plus, dentro. No hablo hoy de estas novelas por sus interés literario, más que discutible (mejor dicho: literariamente es indiscutiblemente aburrido y plano), sino por lo que ha tenido de fenómeno social. Parece que legiones de  mujeres de todas las edades, y aún más las maduras, sienten un resurgir sexual, una curiosidad erótica y se enteran de “cosas que no sabían ni que existían”. Bienvenido sea todo descubrimiento, todo aprendizaje, toda ruptura de tabús,  lo que nos haga seres más abiertos, más capaces de dar placer y de recibirlo.
Pero (¿es que tengo que ponerle un pero a todo?) me pregunto si la historia de “Cincuenta sombras…” no tiene un trasfondo de cuento de hadas demasiado evidente. ¿Asombrosa mezcla Sade-Disney? De asombrosa, nada. A poco que miremos un kiosko de prensa encontraremos docenas de novelas románticas con portadas, títulos y contenidos capaces de humedecer cualquier recoveco. Eso sí: condesas y piratas, ejecutivas exitosas y macizos presidentes de multinacional. Nada de carteros y porteras, de oficinistas y maestras. Nada de gente corriente, oiga usted, faltaría más.
Así las cosas, nos encontramos en “Cincuenta sombras…” una novela que pretende ser rompedora, subversiva, descarada…, y se queda en el voy-a-hacer-como-si-lo-fuese. Cierto, describe “perversiones” sexuales; sin embargo, esas “perversiones” (más bien lights, realmente) son aceptadas por la protagonista porque está enamorada. Es una bellísima doncella a quien un bellísimo multimillonario sumerge en laberintos de deseos prohibidos, acabando por enamorarse de ella. La bella y pura redime así al malo-malote, que es un destino irresistible para una mujer, donde los haya.
¿Sadomasoquismo?… venga, vale: pero solo si es por amor, que de lo que vamos es de redentoras, no de viciosas.
¿Deseo irresistible? Solo si eres joven y guapa, y si el otro lo es, y si es un seductor irresistible que te baña en champán, te lleva a la manicura en limousina y te ata a la pata de la cama con cadenas de oro y Swarosky.
¿Llegar al culmen del placer? Eso, para los que no tienen las preocupaciones de la gente corriente, los niños en el cuarto de al lado, la ropa por tender,  pensar en llegar a final de mes, ni en zurzirse los corpiños viejos.
En resumen: estupendo, si este libro y sus secuelas, que ya van siendo tantas como las de “Amanecer” (a quien daremos leña otro día) sirven para reactivar la curiosidad erótica y la práctica; esta sociedad estresada y en crisis necesita relajarse, jugar y darse una alegría (que, por cierto, encontrando la persona adecuada, es una actividad de ocio y salud bien barata). Pero no nos dejemos impresionar por el envoltorio de tópicos:
El placer no es patrimonio de los ricos; todos tenemos un cuerpo y una mente capaces de llevarnos a cualquier cima.
No está reservado a los guapos: todos hemos sentido alguna vez que el ser a quien amamos es el más bello del mundo… aunque los espejos no opinasen lo mismo.
No es algo reservado  a los jóvenes: mucha gente encuentra una explosión sexual en su vida que nunca esperaron pasados los cuarenta, pasados los cincuenta, los sesenta… en cualquier momento, mientras que uno siga dispuesto a continuar viviendo, descubriendo, sintiendo, rebasando límites, aprendiendo.
Utilicemos estas novelas para explorar, jugar, imaginar, dar motivo a los arrebatos más locos, sorprender al otro. Nunca dejemos que nos coloquen en el papel de simples espectadores. Convirtámonos en los protagonistas de nuestra propia novela erótica.

 

 

martes, 13 de noviembre de 2012


ETERNO RETORNO


Río donde flotan las hojas de otro invierno

Y los insectos de otro estío

Las orillas pasan sin tocar mi cuerpo de agua y junco

Me emborracho en cada remolino como los peces

Lamo las mismas piedras hasta que son arena en mis surcos

Devoro la lluvia que me hace gemir con voz de hoguera.

Repito el mismo camino la misma luz

Los mismos errores

Hasta el final de los tiempos.

lunes, 15 de octubre de 2012

SONETO REVOLUCIONARIO CON RETRANCA AL ESTILO DE RUBEN DARIO




SONETO REVOLUCIODARÍO

 

 

Revolución, clamor errático, vigor fiero

que sume a las naciones en sangre, cisco y leches,

y a doncellas con cisnes en coito anal fraterno.

Nuestro el craso poder del cabreado silvestre.

 

Fuera reyes, cleptómanos, dioses y trileros.

Lo que revolución no fuera, fuera se fuese

y el hiperglandulado germanísimo fuero

y su puta materna y sus urnas de dos fuelles.

 

Nuestra furia aniquile a San Dorado Carnero

y reviente cual pústulas sebáceas, ¡qué asco!

a esos los rasputines que nos chupan el frasco.

 

A las barricadas, las facas, los mondadientes,

que de escudo en vanguardia llevamos a los pávidos

y a los que pasaban por aquí a comprar tabaco.

 

 


 

 

 

martes, 18 de septiembre de 2012

¿POR QUÉ LAS NARRACIONES DE RAY BRADBURY SON TAN REALES?

Ray Bradbury

La novela de Ray Bradbury , “El vino del estío”, de la que ya comencé a hablaros (entusiasmada) la semana anterior, está formada por varias historias que se entrecruzan en el pequeño pueblo veraniego de Green Town. La pericia de Bradbury para escribir relatos cortos como pequeñas joyas bien engarzadas, llenos de contenido, vigor narrativo y pericia literaria, es sin duda el motivo de que algunos de los capítulos de “El vino del estío” sean historias completas por sí mismas, relatos que se pueden paladear por separado.
Os traigo un capítulo de los que me han parecido más intensos y que reflejan mejor esa maestría de Bradbury. Intentaré desmenuzarlo un poco y saber cómo se las apaña para que sus personajes sean tan reales y nos provoquen emociones tan cercanas, para que el texto “se deje leer tan bien” y para sugerir tanto con tan pocas palabras.
Comienza el texto describiéndonos a Jhon Huff, amigo del protagonista.
Los hechos acerca de Jhon Huff, de doce años, son simples y se enumeran pronto.
Lo cual descubrimos enseguida que no es cierto: no son simples, sino sorprendentes, y no se enumeran pronto, pues nos lleva un largo párrafo conocerlos. Eso, aparte de dar un toque de ironía (esa ironía tan característica de Bradbury), nos lleva a situarnos desde el punto de vista de Douglas, el niño protagonista: para él, los méritos de Jhon Huff son incuestionables.
Podía descubrir más rastros que cualquier indio choctaw o cherokee desde el principio de los tiempos, podía saltar del cielo como un chimpancé de una rama, podía zambullirse, nadar debajo del agua dos minutos, y salir a la superficie cincuenta metros más allá, río abajo. Si uno le tiraba una pelota de béisbol la devolvía golpeando manzanos y echando abajo cosechas enteras. Podía saltar muros de huertas de dos metros de alto; subirse a un árbol y descender cargado de melocotones con más rapidez que otro cualquiera de la pandilla.
Ya nos hemos quedado más que asombrado con las habilidades de Jhon. Y es que, como dice Angel Zapata en su manual de escritura creativa, uno de los requisitos para que un relato nos enganche es incluir un “cocodrilo”: algo sorprendente y especial. Y la descripción de Jhon está plagada de “cocodrilos”. Douglas, además, aumenta el “cocodrilario” con hipérboles; lo que un niño admira ha de ser insuperable : “desde el principio de los tiempos”, “saltar del cielo”, “echando abajo cosechas enteras”.
No era un fanfarrón. Era bueno. Tenía el pelo oscuro y rizado, y dientes blancos como la nata. Recordaba las letras de todas las canciones de cowboys y se las enseñaba a uno, si uno quería. Conocía los nombres de todas las flores silvestres, y cuándo salía y se ponía la luna, y cuándo subían o bajaban las mareas. Era, en verdad, el único dios vivo en todo Green Town, Illinois, y del siglo veinte que conocía Douglas Spaulding.
Bradbury, en pocas líneas, nos hace una descripción moral y física de Jhon. Pq pocos datos son suficientes para un buen escritor. A pesar de tantas habilidades, Jhon no era fanfarrón. Y, como en un relato no hay q decir, sino mostrar, nos lo muestra inmediatamente: un chico que no alardea y que respeta. El contraste del pelo negro y los dientes blancos, son un reflejo también del contraste entre su humanidad sencilla y sus habilidades “divinas”. Es el único dios vivo q conoce Douglas.
Y ahora, él y Douglas estaban en las afueras del pueblo en otro día cálido y redondo como una bolita, y el soplado cristal azul del cielo subía y subía, y los arroyos brillaban con aguas espejeantes sobre piedras blancas. Era un día tan perfecto como la llama de una vela.                               Douglas recorría el día pensando que así seguiría siempre. La perfección, la redondez, el olor de la hierba se adelantaban alejándose con la velocidad de la luz. El silbido de un amigo, como el de una oropéndola, la música del manojo de llaves mientras uno hacía cabriolas en la senda de polvo, todo era completo, todo podía tocarse. Las cosas estaban cerca, las cosas estaban a mano, y seguirían allí.
Las descripciones nunca deben ser superfluas. En una sociedad acostumbrada a los medios visuales nos resulta aburrida una descripción del paisaje q no tenga otra intención. Y esta la tiene, desde luego. Douglas acaba de hablar de un “dios vivo”, y ese dios vive en un mundo perfecto, el mismo que Douglas, y por eso el mundo es redondo (es decir, eterno, repetido, sin fin) y perfecto (la cosas están bien tal y como están en ese momento), y el paisaje nos lo muestra metiéndonos en un ambiente agradable, luminoso y seguro,  y añade q Douglas piensa q “las cosas seguirían allí”.
El autor introduce descripciones sensoriales variadas: el calor, el olor de la hierba, el brillo del agua, los sonidos. El ambiente se nos hace más cercano, más creíble, más irrepetible. El paisaje de Bradbury, “se puede tocar” y ahí esta otra característica de un buen escritor. Bradbury es capaz de esto porque es un buen observador (el sonido de esas llaves en el bolsillo al hacer cabriolas) y porque sabe mirar las cosas desde una perspectiva original (“perfecto como la llama de una vela”). En resumen: creatividad.
Era un día tan hermoso…y, de pronto una nube cruzó el cielo, cubrió el sol, y no se movió. Jhon Huff había estado hablando lentamente algunos minutos. Douglas se detuvo y le clavó los ojos.
Repentinamente, el ambiente ha cambiado. Una nube cruza el cielo; el escritor nos prepara, comenzamos a entender q ese mundo perfecto se va a resquebrajar. Douglas también ve el peligro: ya no “mira”, “clava los ojos 
-Jhon, repite eso.
-Ya me oíste, Douglas.
-¿Dijiste que…te ibas?
-Tengo el billete de tren en el bolsillo. ¡Uh-uh! ¡Tan! Chu-chu-chu-chu. Uuuuuu…
La voz de Jhon se apagó.

Jhon da la mala noticia, comenzando un diálogo magistralmente construido. El niño quiere quitar hierro al asunto, haciendo el sonido de la máquina del tren, pero su propia voz acaba apagándose. Con detalles como este, con los gestos, con lo q se esconde detrás de las palabras y de los silencios, Bradbury nos hace entender el estado de ánimo y las emociones de los personajes, sin nombrarlos directamente; tal y como si fuésemos espectadores de la vida y tuviésemos q interpretarla.
Sacó solemnemente el billete verde y amarillo y los dos lo miraron.
-¡Esta noche! –dijo Douglas- ¡Dios!¡Esta noche íbamos a jugar a la luz roja, la luz verde y las estatuas! ¿Cómo así de pronto? Has estado en Green Town toda mi vida. ¡No puedes irte así!
-Es mi padre –dijo Jhon-. Consiguió un trabajo en Milwaukee. No estábamos seguros hasta hoy.
-Dios mío, y la semana próxima tenemos el pícnic bautista, y luego la feria del trabajo, y el día de Todos los Santos… ¿Tu padre no puede esperar hasta entonces?
Jhon meneó la cabeza.
-¡Qué barbaridad! –dijo Douglas-. Deja que me siente.
Douglas intenta detener la partida de su amigo con excusas poco lógicas: un buen diálogo tiene algo de incoherente, como las conversaciones reales; así no solo nos da información sobre la partida, sino que nos expresa el estado de ánimo de Douglas, su lucha, hasta q se siente derrotado (“deja que me siente”).
Se sentaron bajo un viejo roble, en la ladera de una loma, mirando el pueblo. El sol dibujaba alrededor largas sombras temblorosas. Debajo del árbol había una frescura de caverna. Afuera, a la luz del sol, el pueblo parecía consumido por el calor, con las ventanas abiertas como bocas jadeantes. Douglas hubiese querido correr allí donde el pueblo, con su peso, las casas, su tamaño, podía encerrar a Jhon e impedirle escapar.
El paisaje ha cambiado, porque el mundo ha cambiado para Douglas.  Ahora no hay luz, sino sombras “temblorosas” y un frío de “caverna”. Incluso el sol no es ya agradable, como hace unos minutos, sino algo agobiante que consume al pueblo y lo convierte en una especie de prisión

-Pero somos amigos –dijo Douglas descorazonado.
-Siempre lo seremos –dijo Jhon.
-Vendrás a visitarme casi todas las semanas, ¿sí?
-Papá dice que sólo una o dos veces por año. Son cien kilómetros.
-¡Cien kilómetros no es mucho! –gritó Douglas.
-No, no es mucho –dijo Jhon.
-Mi abuela tiene teléfono. Te llamaré. O quizás iremos nosotros a visitarte. ¡Eso sería magnífico!
Jhon calló largo rato.
-Bueno –dijo Douglas-, hablemos de algo.
-¿Qué?
-¡Mi Dios, si te vas hay un millón de cosas! ¡Todo lo que hubiéramos hablado el mes próximo, y el otro! ¿Mantis religiosas, zepelines, acróbatas, tragaespadas! ¡Como antes! ¡Saltamontes que escupen tabaco!
-Lo malo es que no deseo hablar de saltamontes.
-¡Siempre hablabas de eso!
-Sí. –Jhon miró fijamente las casas-. Pero me parece que no es éste el momento.
-Jhon, ¿qué te pasa? Estás raro…
Jhon había cerrado los ojos, arrugando la cara.
 
El diálogo prosigue, con la lucha de Douglas por aceptar la realidad y la aceptación de Jhon. Jhon parece haber madurado de pronto, no le interesan ya las cosas misteriosas ni peligrosas; ante él aparece un misterio, un miedo, mayor e insospechado: el de las cosas que perdemos por no haber reparado en ellas, disfrutado, recordado. Bradbury lo hace utilizando las ventanas de la casa Terle como metáfora de ese miedo:

-Doug, la casa Terle, el primer piso, ¿lo conoces?
-Claro.
-Los vidrios de colores en las ventanas redondas, ¿han estado siempre allí?
-Claro.
-¿Estás seguro?
-Esas ventanas están ahí desde que nacimos. ¿Por qué?
-Nunca las vi antes –dijo Jhon-. Mientras venía hacia aquí miré arriba y las vi. Doug, ¿qué he hecho todos estos años que no las vi nunca?
-Tenías otras cosas que hacer.
-¿Sí? –Jhon se volvió y miró a Douglas con cara de miedo-. Doug, ¿por qué me asustarán esas malditas ventanas? Quiero decir, no es nada que pueda asustar, ¿verdad? Es sólo… -Titubeó-. Pero si no vi esas ventanas hasta hoy, ¿qué otras cosas me he perdido? ¿Y las cosas que vi realmente? ¿Podré recordarlas cuando me vaya?
-Recordarás lo que quieras recordar. Fui afuera hace dos veranos. Allí te recordé.
-No. No recordaste. Me lo dijiste. Te despertabas de noche y no podías recordar la cara de tu madre.
-¡No!
-Algunas noches me pasa lo mismo en casa. Siento miedo. Voy al cuarto de mis padres y les miro la cara para estar seguro. Y cuando vuelvo a mi cuarto me he olvidado otra vez. Dios, Doug, ¡oh, Dios! –Jhon se apretó las rodillas-. Prométeme algo, Doug. Prométeme que me recordarás, promete que recordarás mi cara, y todo.

 Jhon está pidiendo una promesa que ya sabe que es imposible de cumplir, a pesar de la fe de su amigo. La prueba que hace para comprobarlo sobre el color de sus ojos es un estupendo símbolo: el recuerdo a veces no es real, imaginamos más que recordamos. La “cámara de cine” de la que habla Douglas no es más que un cerebro, dispuesto a manipular los datos de ese recuerdo según sus propios esquemas. ¿Esa manipulación no es ya realmente olvido?
-Es muy fácil. Tengo una cámara de cine en la cabeza. Cuando estoy acostado enciendo la luz en mi cabeza y todo aparece en la pared, claro como todos los diablos. Allí estarás tú,  gritándome y haciéndome señas.
-Cierra los ojos, Doug. Ahora dime, ¿de qué color tengo los ojos? No espíes, ¿De qué color?
Douglas empezó a transpirar. Cerraba con fuerza los ojos, nerviosamente.
-¡Oh, demonios! Jhon, no es justo.
-¡Dímelo!
-¡Castaños!
Jhon apartó la cara.
-No, señor.
-¿Qué es eso de no?
-Ni siquiera te acercaste.
Jhon cerró los ojos.
-Vuélvete –dijo Douglas-. Abre los ojos y déjame ver.
-Es inútil –dijo Jhon-. Ya te olvidaste. Como dije.
-¡Vuélvete!
Douglas tomó a Jhon por el pelo y le acercó la cara, lentamente.
Muy bien, Doug.
Jhon abrió los ojos.
-Verdes –Douglas dejó caer la mano desanimadamente-. Tienes ojos verdes… Bueno, es un verde parecido al castaño, ¡un verde avellana!
-Doug, no mientas.
-Bueno –dijo Doug en voz baja-, no mentiré.

Los dos niños son ahora conscientes de que el tiempo termina por arrebatarnos todo, incluso los recuerdos. Doug sabe que perderá a su admirado amigo (“el único dios vivo de Greenville”) y que ni siquiera puede fiarse de que los recuerdos que de él tenga sean exactos. Jhon sabe que terminará por olvidar y por ser olvidado, por morir en cierto modo para los que hoy deja atrás; y que, para él, ha muerto sin remedio todo lo que en su día no fue capaz de aprovechar, ver o vivir de Green Town… y algunas de las que realmente vivió (“¿qué otras cosas me he perdido? ¿Y las cosas que vi realmente? ¿Podré recordarlas cuando me vaya?”).
Se quedaron allí mirando a los otros niños que subían la loma gritando y aullando.

 La vida es un camino de pérdidas que ni siquiera la memoria puede evitar. Jhon y Douglas han comenzado a comprenderlo. Por eso Bradbury les presenta ahora lejos de esos niños que siguen gritando y aullando con la despreocupación de quien cree que el mundo será redondo y perfecto para siempre.
Sin duda se podrían sacar muchas más lecciones de escritura de este texto, muchos más ejemplos de esa forma de mostrar sin decir, de esa creatividad a partir de lo cotidiano, de ese sugerir, de esa comprensión de los seres humanos, de ese saber captar los detalles, los gestos y los sonidos de la vida.
Os dejo el reto de intentarlo.