lunes, 23 de enero de 2012

NO LLEVARE PIEDRA MAS GRANDE

¿En cuantas ocasiones no intentamos abarcar demasiado? ¿En cuantas ocasiones no nos sentimos obligados (por la sociedad, por lo que se espera de nosotros, por compasión, por culpa, por demostrarnos algo) a cargar con piedras que nos ahogan? De eso va este poema.




He renunciado a llevar piedra más grande
de la que cabe en mi mano.
No volveré a conmoverme
por el coral que abandonan las mareas,
ni por el canto que me amó en una playa africana,
ni por la tiza que marcaba líneas hacia el cielo
sobre la punta de mis zapatos de escuela.

El camino es inseguro
y aún así
he renunciado a llevar piedra más grande
de la que cabe en mi mano.
No buscaré el resumen del Universo
en la caliza perforada de siglos
ni me dejaré engañar por la insistencia mineral del musgo
ni arrancaré el mármol de aquellas tumbas
que una vez me cobijaron.

He de fijar mis ladrillos uno a uno
con la humilde grava del silencio:
el agua cercena los pies de las torres,
el asfalto disfraza sus abismos,
y en la cima de los rascacielos se anuncian
gigantes de feldespato y mica.
Aun así
no llevaré piedra más grande
de la que cabe en mi mano.

domingo, 18 de diciembre de 2011

POESIA FONÉTICA







Hoy os traigo un poema "fonético", en el que la sonoridad prima sobre otros aspectos. Es un juego divertido, que despierta la imaginación y que acostumbra el oído a la musicalidad de las palabras (tan importante en poesía). Lo cual no quiere decir que luego no necesite amasar, ajustar, depurar: al fin y al cabo queremos transmitir mensajes y conjurar emociones, no unir simples sonidos sin sentido.


GASTRONOMIA CANIBAL

Tiburones sin cabeza

caníbales destartalados que traman tartas de frambuesa.

Fuentes de flamboyanes japoneses

que jadean en jarras de sopa de ajo.

Te sofrío los higadillos en los días de agua,

te hago hagiografías de duende los domingos,

como si los dos nos debiéramos dolores y duelos sin dobladillos ni encajes.

Encajo tus entrañas en cajas de cartón,
cartas náuticas que nadan para nadie en natillas temblonas.

El templo del rey que roen los ratones

el rancio sin rostro que reflejan las rejillas rostadoras

donde rota el rosbif de tu páncreas.

Rebano mi pánico de pan y soledades

para sorberte los sentidos, los sofismas, los secretos,

para mojarlo, mustélida, en tus tuetanillos
de tiburón sin cabeza.


lunes, 14 de noviembre de 2011

ENTREGA DE PREMIOS II CERTAMEN CULTURAL EUROPEO FEAFASS


Los premiados
Con José Moraleda, accesit
de poesía y Soledad Marinero,
primer premio
de dibujo
Unas palabras, en nombre
de todos.
El pasado fin de semana se celebró el encuentro cultural europeo de FEAFASS, en el que he tenido el privilegio de obtener el segundo premio de literatura en prosa por mi relato "El sombrío olor a lejía de la vida".
En la exposición de
las obras premiadas
Entrega de premios
Han sido unos días estupendos, en los que hemos conocido las obras de los otros premiados, expuestas en el Palacio de Benacazón de Toledo (dibujo, pintura y fotografía), intercambiado ideas y vivencias entre artistas y conocido un poco mejor esa bellísima ciudad








EL SOMBRIO OLOR A LEJIA DE LA VIDA


Laura dormía.
Bruscamente, se levantó de la cama. El despertador no había sonado. Si no se daba prisa llegaría tarde, y no están las cosas para llegar tarde al trabajo.
Justo como lo había temido. Todas las compañeras esperaban ya alineadas en el inmenso hall del rascacielos, un ejército de batas azules y carritos de limpieza formado para escuchar, como cada viernes, el sermón del sacrificio y de los malos tiempos. Una mano de dedos interminables y azulados se iba posando sobre el hombro de las que iban a ser despedidas. Laura se apresuró a dejar su puesto de última llegada, intentando escurrirse entre la multitud. Es pequeña y su fregona no reluce, tal vez pueda pasar desapercibida.
Sin embargo, la mano omnipresente y la voz todopoderosa se han posado sobre ella:

-Laura, te hemos estado observando: necesitas el dinero como ninguna y, a pesar de eso, te bebes la lejía a escondidas. Litros y litros. Garrafas y garrafas de lejía de la empresa.
Está a punto de protestar, pero las fregonas de las compañeras, multiplicadas hasta el infinito por los espejos del hall, la amenazan con odio, con un odio de intenso olor a  lejía. Le abren la boca por la fuerza, dispuestas a vaciar una botella en sus entrañas. Forcejea, suda, no sabe por dónde la embisten: el sol, chocando contra los espejos, la deslumbraba.

 
Entonces, despertó.
Abrió los ojos, y los cerró cegada por el sol bochornoso que se había colado entre las láminas de la persiana. Llegó hasta la cocina arrastrando las chanclas. El verano aún aplastaba las horas, pero Laura sintió frío en los pulgares de sus pies desnudos.
En la cocina estaba él.
Había cogido la maleta y su cartilla de ahorros cinco años atrás, pero nunca se fue del todo, así que a Laura no le sorprendió verle apurando el café de su máquina express, para la que ya no podía comprar cartuchos. Le sorprendió, eso sí, aquella mujer sentada en el taburete alto de su cocina, no tanto porque el ajustado camisón negro con bordados chinos era suyo, como por las formas morcillonas, las bragas marcando dos flotadores en el vientre, las uñas sucias y desiguales, los dientes manchados de carmín. No parecía el tipo “nínfula pija” que a él le gustaba últimamente. Sin embargo, él las invitó a un menage a trois, con la misma voz festiva con la que le prometía dejar de beber y viajes a París que no podía pagar. Ella obedeció, como había obedecido siempre. Le agarró el empinado miembro y se lo metió hasta la garganta, como si se estuviera haciendo una endoscopia. Sintió asco del sabor a limones rancios; asco de la morcillona que le pellizcaba los pezones; asco de las palabras de él:
-Laura, mira que eres guarra ¡y que todavía no hayas aprendido a chuparla! Enséñale tú, Loly.
 Laura se aparta bruscamente, con un antiguo dolor en el pecho.
-¡Qué cara pones, nena, lo mismo te ha sentado mal la  broma! La vida es más sencilla, Laura, siempre te lo he dicho. Disfrútala…
El dolor se le pega al estómago. Suena música brasileña. Un camarero entra bailando en la cocina y le tiende una larguísima cuenta, con una copa de lejía para digerirla:
-Los gastos vienen contra usted, como es costumbre de la casa.
La cocina se va estrechando, hasta parecer un armario. Laura firma la cuenta. Las paredes siguen juntándose, oprimen sus costillas. Laura se ahoga. Golpea las paredes.
Los golpes la despiertan.


No son los  golpes imaginados en su pesadilla, sino otros nudillos que la reclaman desde la pared contigua. Es lunes, la cinco de la mañana, tiene que llegar al trabajo antes de las seis, a un trabajo a tiempo parcial que dura doce horas, pero donde nadie le hará beber lejía ni chuparla (de momento). Sin embargo, eso no la alivia.
Es su madre quien llama.
Tal vez haya estado llamando toda la noche, y ella ha dormido como un cesto con las pastillas de valeriana y el porro que se fumó con Marga después de la cena de chicas de los domingos. Tal vez su madre haya vomitado, se le haya desprendido el parche para el dolor, se haya caído de la cama.
Laura ha abierto la puerta de la habitación pequeña. Su madre, bajo la colcha, es un amasijo oscuro al fondo del cuarto. Huele a rancio, a dolor, a vejez, a orines, a sufrimiento inagotable, a muerte. No sabe cuándo empezó el cuarto a oler así. O su madre. Quizás desde siempre. Se siente culpable: ha olvidado ventilar la habitación. Para eso debería pasar junto al amasijo oscuro y oler, escuchar, palpar sus lamentos. Hoy tampoco lo hará. Pregunta desde la puerta:
-¿Has llamado, mamá?
-¡Ay, ay, hija, qué dolor!
-Mamá, ya te di los calmantes, no puedes tomar más.
-¡Ay, ay! Los calmantes no me hacen nada. ¿A ti te hacen algo? No, no, a ti tampoco. Las dos somos tan desgraciadas, las dos hemos sido siempre tan, tan desgraciadas.
-Mamá, llamaré a la vecina para que te eche un ojo. Yo tengo que ir a trabajar.       
 -¡Ay, ay!, pobrecita mi hija, con lo que valías, y ahora limpiando mierda de otros. Limpiando la mierda de tu pobre madre, y la de otros. Y ese sinvergüenza, siempre te lo dije, ya lo sabías, los hombres van todos a lo mismo, ¡hasta los ojos te sacó!  ¿Vas tú a sacarme los ojos, Laura?
La voz que se clava en sus entrañas como el pico de un cuervo la ha perseguido hasta la terraza, donde ha ido a buscar la lejía y los estropajos para borrar el olor a podredumbre, y la acompaña de vuelta a la habitación, la mierda de su vida de mierda retumbándole sin fin en los oídos.
Prepara el sintrom para su madre, con un vasito de lejía. Se siente aún peor. Peor que la mierda ajena que limpia. Se tumba en el suelo y vierte el resto de la lejía en su propio oído izquierdo.


No es la lejía lo que le carcome el tímpano. Es el móvil que, chillando y brincando sobre la mesilla, acaba de sacarla de los malos sueños. En la pantalla, un número desconocido que no le preocupa demasiado. No espera llamadas, ni siquiera tiene ya trabajo del que la reclamen por llegar tarde. Una noche de pesadillas terribles, tres pesadillas, tres. En todo caso, da gracias al desconocido por despertarla de ellas.
Se levanta de la cama pesadamente. Aún tiene sabor a limones rancios en la boca, una vida de mierda y un obsesivo olor a lejía en el fondo de la pituitaria. El olfato la lleva hasta el armario de la terraza. La lejía se ha derramado, por eso lo inunda todo. Hasta los sueños. Hasta las pesadillas. Hasta la vida.
Se sube a un taburete, intenta alcanzar la botella caída. A su costado izquierdo, el vacío.
El viento balancea los álamos del parque, que  rozan casi su barandilla a la altura de diez pisos. Los álamos crecieron tanto que están muriendo por su propio peso. Su propio peso la haría también morir, si traspasara la barandilla. Abajo, los adoquines blancos y rojos que bordean el parque marcan un sendero geométrico, que sus amigas y ella recorrían a saltos cuando eran niñas. Amanece. Los drogatas han abandonado los bancos, faltan horas  para que los niños crucen con su algarabía de gritos, aluminio de bocata y ruedas de mochilas.
Desde esa altura, el vacío atrae como un vórtice.
Intentará no escuchar la llamada, y alcanzar la botella de lejía que continúa derramándose. Se llevará el tapón con las uñas, la lejía caerá como un torrente sobre el taburete y el suelo. Era de cinco litros. Laura resbalará, sin oponerse, blandamente, como si cayese en el colchón de plumas del sueño.
Pensará que ha tenido muchas pesadillas y que ésta última es la más hermosa.
Caerá, cada vez más veloz, los brazos y las piernas extendidos, como si volara. Ve pasar las hojas de los álamos, que  se van convirtiendo en una línea verde y blanca que gira en un hermosísimo bucle. Huele a vida vegetal  y a oxígeno recién hecho.
Cae. El suelo se aproxima. Como en cualquier sueño de caídas, pronto debería sentir ese vuelco que hace despertar. Pero el suelo se aproxima.
Cae. Los dedos de los pies arden mojados por la lejía, pero no los siente: su cabeza se columpia azotada por el aire, feliz.
Habría de sentir el vuelco enseguida.
Si acaso duerme.









miércoles, 9 de noviembre de 2011

PERRO DE SOMBRAS




 
Tengo un perro de bolsillo
lacio, líquido, lánguido
inútil, incoloro, invertebrado,
como una viuda virgen
como la silueta de los aviones en el desierto.
Tengo un perro que cabe
en una pregunta monosílaba
en el vientre de una zapatilla
en la boca del gato
en el cuenco de las aceitunas.

Tengo un perro sin nombre
que se pierde los lunes entre la ropa sucia,
que se evapora en agosto
y se licúa en marzo
y a quien un carnicero calibra mientras duerme.

Tengo un perro que ladra en si bemol,
rizo de pájaro y perseverancia de río,
virtuoso, inaudible,
levantando un coro de bisagras de joyero,
de pestañas batientes, de memorias.

Tengo un perro festín de iras,
paño de lágrimas.
Las viejas le atropellan con sus andadores
las hormigas le desuellan el rabo
los niños le babean las orejas
las arañas tejen seda entre sus patas.

Nadie le toma en serio
ni le confiesa sus fantasías de psicópata
ni le invita a café
ni le regala corbatas
ni le elige en su bando para jugar al póker.

Tengo un perro
pequeño,
indecentemente mínimo, imposible, escaso
que alimento con mis sombras.


domingo, 23 de octubre de 2011

RECITAL POÉTICO

Tengo el honor de participar en un recital poético, el próximo día 2 de noviembre, a las 21 horas, en Huertas, 14. Creo que será una estupenda fiesta poética, dado que, conmigo, recitarán sus poemas Mariana Pesci, Juan Hospital, y el extraordinario poeta y novelista David Torres.
Os esperamos.

David Torres


David Torres nació en Madrid, el 9 de diciembre de 1966. Es un escritor, guionista y columnista español. Es autor de las novelas El mar en ruinas, El gran silencio y Nanga parbat, y de los libros de cuentos Cuidado con el perro y Donde no irán los navegantes. Ha sido finalista del Premio Nadal en 2003. En 2007 ganó el Premio Tigre Juan de novela por Niños de Tiza, el libro se editaría en 2008, y también se hizo con el Premio Hammett a la mejor novela policíaca en la Semana Negra de Gijón de 2009. En octubre de 2010 le fue otorgado el IV Premio Logroño de Novela con la obra Punto de fisión.[1]

 LA DESTRUCCIÓN DE LA LUZ (FRAGMENTO)

He aquí la cruz, el fuego isabelino, los instrumento de tortura
tan despiadados como hermosos, dispuestos
como cubiertos en torno a la mesa del almuerzo.
He aquí la familia que echa a andar con sus muebles a cuestas,
que deja atrás sus posesiones, su casa,
camina por las vías
paralelas del tren hasta que el padre
se detiene, murmura _ “éste es un buen sitio”
__________________ “éste es un buen sitio”,
antes de decirle a su hijo que se arrodille y cierre los ojos.


La destrucción puede empezar aquí,
puede empezar en cualquier sitio,
en esta hoja en blanco, en este día,
en esta casa abandonada, en este patio donde los niños
juegan a las canicas con los ojos de los muertos.

(...)

Demasiado tarde tú comprenderás
por qué Dios había acudido a ti,
precisamente a ti,
comprenderás (ya demasiado tarde) cómo es que sólo tú podías hallar el rastro,
y sabrás (tarde, otra vez tarde, siempre tarde)
que aquellas manos que sirvieron para la caricia
pueden servir también para la tibia confección de la mentira,
que lo que un día se usó para arar la tierra
se usó también para destruir la tierra.


He aquí que este fuego, esta casa, esta cruz es la tuya.

Entonces recordaste cuando ella era una niña
que jugaba a arrancarles las alas a las moscas.


David Torres. Londres.


Mariana Pesci

Mariana Pesci, nacida hace medio siglo en Argentina, es psicóloga y escritora, y ha tocado muchos palos en esto de la literatura (relato, prosa poética, cuento infantil, poesía).
Se versos discurren entre acantilados y playas donde todos nos encontramos, hermanados por sentimientos universales, y entre la necesidad de captar la sensación simple y la dificultad de transmitirla con versos, capacidad de la que ella anda sobrada.
Un deleite sus poemas, y un deleite escucharlos en su dulce y sensual voz porteña.


VIENTO Y SAL

Ante tus manos
soy acantilada,
y tanto como puedo, en la mirada que te
busca,
suspensiv...

Ante tus huellas,
arena en una playa solitaria,
absorta con el regresar de las olas
desde cualquier horizonte.

Ante tus velas de navío visto o soñado,
viento con furia que te empuja,
de la proa a la popa, para aventurarte en mis orillas...
Naufragar una y otra vez.

Mariana Pesci
"Naufragios"

domingo, 16 de octubre de 2011

MALTRATADOR

No es el día de la mujer, ni hay campaña nueva contra los malos tratos, solo un chorreo diario de noticias sobre mujeres que son aterrorizadas, abusadas, golpeadas, asesinadas, y de pronto, algún caso que ves más de cerca (en la familia, en el colegio, en el vecindario), y te hace ponerte en el lugar de la víctima, sentir qué difícil es su situacion y cuánto apoyo nuestro necesitan.


MALTRATADOR


 
Como un perro apaleado

Cuanto más me pateas

Más lamo tus botas.


Como un perro al que das de comer solo piedras

Mato por ti

Y espero pacientemente que me des a roer las tibias de mis presas.



Como un perro asustado

Huelo tu ausencia

En cada rincón de esta casa vacía que protejo.



Huesos, palos, soledad, piedras,

Afilan mis colmillos

Esperando a que la rabia me gangrene la médula

Y sentenciarte, como un perro loco,

En sueños y por la espalda.

lunes, 10 de octubre de 2011

RECETARIO PARA ESCRIBIR NOVELA NEGRA



Entre los proyectos que se van acumulando con el comienzo del curso, está el de escribir una novela negra. Quizás alguno de vosotros tenga la misma inquietud, por eso quiero compartir algunos de los consejos que he ido recopilando. Observaréis que muchos de ellos simples requisitos para escribir cualquier tipo de novela que pretenda llamarse así. Y que otros son desmentidos por grandes novelas del género policiaco que se desmarcan de esas reglas. Después de todo, el arte está para romper las reglas, para innovar, para atreverse a ir más lejos


1.-Tener algo que decir: un argumento ingenioso, un asunto polémico, una visión de la sociedad. Para enfrascarse en una tarea que nos va a llevar meses, incluso años, debemos tener la necesidad de decir algo; si no, nos quedaremos sin gasolina a medio camino.


2.-Motivaciones creíbles: tanto la situación como su desenlace deben de resultar lo suficientemente fundados. No podemos sacárnoslos de la manga sin darles una explicación.


3.-Los métodos han de ser técnicamente sólidos: cómo se ha realizado el crimen, cómo se ha desarrollado la investigación. Es preciso documentarse para no caer en supuestos fantásticos.


4.-Mantener una atmósfera: como en cualquier ejercicio literario, debemos mantener el tono, para no desorientar al lector.

5.-Fácil explicación: la sencillez y claridad de la estructura deben ser tales como para permitir una explicación fácil de la solución. No solo eso: esa solución final debe parecer inevitable, según los indicios aportados, como si de pronto se le revelase al lector esa verdad subterránea que, sin embargo, siempre había tenido delante.
6.-Crear y mantener un personajes con el que el lector sienta empatía: a pesar de la importancia de la trama en la novela policíaca, si no interesamos al lector en los personajes tampoco le interesará lo que les ocurra a estos.
7.-Una trama enrevesada no lo es todo: por supuesto, necesitamos un par de trucos para sorprender al lector, pero el verdadero suspense se crea a partir del interés por los personajes.

8.- Trabajo duro: para escribir una buena novela negra es necesario dedicarle muchas horas, no solo de documentación, sino sobre todo de escritura efectiva. Podemos caer en la trampa de que trabajamos con algo trivial, que terminaremos sin apenas esfuerzo.

9.- Organizar el material: la trama de la novela negra debe estar tan bien encajada, que cualquier elemento que hayamos descuidado o colocado con poco acierto puede hacer derrumbarse el conjunto.


10.- El criminal debe ser castigado: al menos eso se espera, aunque tenemos casos en los que el protagonista es el propio criminal, y casi acabamos compartiendo su satisfacción, por ejemplo, porque la sociedad no le trató bien (el Ripley de Patricia Highsmith).


11.-El crimen en sí no es tan importante: lo es más la investigación y los personajes que giran alrededor suyo.

Y, sobre todo, darle nuestro enfoque personal, esa visión original, un personaje poco habitual, un escenario aparentemente vulgar, o cualquiera que sea nuestro sello de identidad, nuestra forma de ver la literatura y la vida. Y de la terrible muerte de nuestra próxima víctima...