lunes, 12 de mayo de 2014

PURÍSIMOS


 

Los gurús y las gurusinas

viven en torres de marfil y nieve

cuajada con agua mineral,

y  duermen sobre helechos tiernos

para que los ácaros no contaminen su aura

ni el barro ensucie sus túnicas.

Son adorables e impolutos
como un nenúfar reflejado en el cielo de invierno
y desde allí

purísimos

te miran sin levantar una ceja aunque lluevan rocas.

Yo lo tengo. Tú no lo tienes.

 Los gurús y las gurusinas
saben más que el Cristo de las Siete Observancias,

que el Buda de las Siete Lorzas,

que Perico y sus Siete Palotes.

Decretan medicinas, terapias y tablas de la ley,

se reparten diplomas, sacramentos,

ascensiones al Olimpo

y brazos incorruptos.

Suben las montañas descalzos

y desde allí,

lúcidos,

te miran sin quejarse por las llagas de los pies.

Yo lo sé. Tú no lo sabes.

Los gurús y las gurusinas
pueden encarnarse en formas tóxicas:

te sorben la energía para revendértela en cápsulas,

te dan un mapa con todos los caminos y las lágrimas impresos;

con fría y amorosa calma

esconden los pañuelos y los globos en las costuras de su ego

y desde allí

hipnóticos,

evitan  las bacterias de las manos de los malditos.

Yo estoy salvado. Tú te condenas.

 Si no cumples sus profecías

sería lastimero para su gurusidad

y para ese miedo a los mortales

que amansan con carroña de precipicios.

 

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